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El ecologismo salvaje sitúa a algunas especies por encima de la humana

Pola de Somiedo, E. LAGAR

07/04/2006

«En España hay un elogio de la gratuidad de la Naturaleza que es pura demagogia, todos queremos ser gorrones»

Pablo Campos Palacín es economista e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Ayer intervino en las jornadas sobre culturas campesinas y biodiversidad organizadas por el Serida y el plan Proder del Camín Real de la Mesa, en Pola de Somiedo, donde se propugna la necesidad de integrar a los habitantes del medio rural en la conservación de espacios naturales. Hoy serán clausuradas por la ministra de Agricultura, Elena Espinosa. Al hilo de esta filosofía, Campos -premio nacional de Economía y Medio Ambiente 2002- considera que «una parte importante de la biología de la conservación en España tiene una ideología de la España salvaje y eso en la realidad no existe. Hay terrenos agropastorales, terrenos forestales, terrenos agrícolas... La España salvaje como territorio no existe más allá de un farallón de una montaña donde el hombre no modula, no ha intervenido».

-Sus teorías chocan con el ecologismo radical.

-Exactamente. El ecologismo nace de un enfrentamiento contra la destrucción de la Naturaleza, pero llega un momento en el que el asunto ya es gestionar la conservación, y la continuidad de un principio defensivo inicial se convierte en un obstáculo porque crea mundos de naturaleza imaginaria, fuera de la realidad. El conservacionismo salvaje es una pura entelequia que coloca a algunas especies por delante de la propia especie humana. Les da derechos que realmente no tienen. El hombre es quien da derechos. Ninguna especie se pone en la mesa a negociar con la humana. ¿Cuándo has visto a un grupo de lobos negociando con un grupo de hombres? La Naturaleza sólo puede continuar si al hombre le interesa. Creo que al hombre, hoy en día, le interesa conservar la Naturaleza para satisfacer sus propias necesidades, las más elevadas. Y sólo puede haber necesidades elevadas cuando hemos dado a nuestro cuerpo la energía indispensable para poder pensar. En ese caso descubrimos que la Naturaleza, las otras especies, forman parte de nuestro propio ser. Vivimos con otros. Y si nos lo podemos permitir, conservemos para nuestro propio goce a las otras especies. Asumamos el coste hasta grados que impidan que seamos nosotros el factor de desaparición de otras especies.

-Usted es economista. ¿Cuánto tiene que decir la economía en el conservacionismo?

-Todo. Si tenemos un problema de conservación es porque tenemos un problema económico. Nadie está planteando un problema sobre la conservación de la luz solar que nos llega a la Tierra, porque no es objeto de economía. Es un bien abundante. No tenemos que renunciar a ninguna cerveza para que nos llegue la luz solar. Cuando hablamos de conservación de la Naturaleza, estamos hablando de un problema económico: cuántas cervezas nos vamos a tomar de menos, coger ese dinero, meterlo en un fondo y contribuir a que el oso pardo se mantenga. Por tanto, cualquier planteamiento de conservación de la Naturaleza que no integre que es un problema económico tiene muchas probabilidades de tener análisis errados.

-Entonces el peligro está en pensar en la conservación sin contar con los euros.

-El mundo de la conservación es un mundo de intereses, como todo. Pero eso no es bueno ni malo. A veces los grupos de conservación muy emocionales se arrogan la representación de la Naturaleza y es un acto de soberbia. La Naturaleza no está pidiendo que se la represente. Nos representamos a nosotros mismos y por ese camino nos interesa conservar la Naturaleza.

-¿La economía tiene que decirlo todo en conservación?

-Nunca. La economía ayuda a conservar la Naturaleza, pero tiene que haber un contrato social primero, decidir que las personas tienen preferencia y decidir que a nosotros nos interesa conservar estos retazos de naturaleza. Tomada esa decisión, pensaremos cómo podemos conservarla, cuánto nos va a costar.

-¿Estamos concienciados de que tenemos que pagar por conservar?

-En España hay un elogio a la gratuidad de la Naturaleza que es pura demagogia. En realidad todo el mundo sabe que no es gratis, sólo que todos queremos ser gorrones. Si lo pueden pagar los impuestos y el Estado, pensamos que así no los pagamos nosotros. Todos, y yo el primero, si tenemos un concepto que nos facilite el gorroneo, tendremos una estrategia y nos manifestaremos para que continúe el estado de cosas de elogio de la gratuidad. La Naturaleza es un bien económico, público en muchos casos, donde se va a pagar colectivamente. Pero en otros casos, y es conveniente que así sea, se debe pagar individualmente. En ese caso conviene desarrollar una economía de los servicios de la Naturaleza. España tiene mucha más opción de desarrollar esa economía. Si continuamos por la vía de la gratuidad, perdemos la oportunidad de desarrollar la economía de servicios de la Naturaleza y habrá grupos de visitantes que al darles eso gratis gastarán su dinero en desarrollar otros sectores económicos fuera de la Naturaleza.

Fuente: La Nueva España

La construcción es una bendición para el medio rural

D. FERNÁNDEZ/SOMIEDO

Es experto en economía del medio ambiente y, por sus afirmaciones, la polémica siempre le rodea. Pablo Campos, miembro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y Premio Nacional de Economía y Medio Ambiente 2002, ofreció ayer su peculiar punto de vista sobre el desarrollo rural en las jornadas sobre cultura campesina que se celebran en Somiedo.

-Economía y medio ambiente no parece que sean términos muy amigos.

-No sé porqué no. El medio ambiente es un bien económico.

-¿Cómo puede compaginarse desarrollo económico con desarrollo sostenible?

-Ahora se puede, antes no. Las personas que viven en las ciudades disponen de más rentas y pagan por disfrutar del medio ambiente. Y las que residen en la zona rural prestan sus servicios y viven de la gente de la ciudad. Eso es economía y desarrollo.

-¿Qué modelo de desarrollo defiende?

-Ya no hay que vivir de los kilos de la carne, sino del disfrute y de la 'benevolencia' de los urbanos, que han pasado de ver a los animales salvajes como unas alimañas a verlos como biodiversidad.

-¿Cuál debe ser el motor económico de la zona rural?

-La construcción. La segunda residencia es la bendición para la zona rural. Gracias a ella se mantienen los espacios naturales y, con este sector, vienen también nuevos servicios. La ganadería debe ser un complemento a las rentas.

-¿Pero no cree que así el medio rural pierde su esencia?

-La construcción debe respetar unos límites, sino la zona rural será un parque periurbano de las ciudades. Sería un jardín asilvestrado al lado de la ciudad.

Fuente: El Comercio Digital

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