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Mono de papel doblado

Otur (Valdés)

18/10/2005

Fernando Luiña dedica seis horas diarias a la papiroflexia, y pliega sin cortes ni pegamento, como mandaba Unamuno

«Es como una droga y te entra el mono cuando te falta un papel entre las manos para plegar». Así lo explica Fernando Luiña, un naviego que reside en Otur, en Valdés, y que ha hecho que la papiroflexia le llene de seis a siete horas al día. Hasta el extremo de decir que le faltan horas para satisfacer su afición.

Todo empezó cuando su padre le hacía pajaritas y barcos de papel siendo niño y, aunque no volvió a ocuparse de ello, un viaje a Barbastro le puso en contacto con la feria que se celebraba allí, y además su jubilación le sirvió para recuperar el tiempo perdido con su mundo de ilusión.

Se dedicó a comprar libros, a experimentar figuras y a conectarse con los participantes en la ferias internacionales, entre ellos algunos matemáticos de Santiago, y comenzó de nuevo a alimentar un gusanillo que trataba de desarrollarse.

Aunque se llama así, señala que el nombre de «papiroflexia» no figura en el diccionario, sino que, siguiendo a Unamuno, se la denomina «cocotología», ya que el dramaturgo vasco y su hermana eran dos verdaderos entusiastas, debiéndose precisamente a Unamuno la afirmación de que todo el universo estaba encerrado en un cuadrado. Desde entonces fueron relegados los criterios de la Escuela de Burgos, que admitía pequeños cortes. Así que con Unamuno desaparecieron los cortes y el pegamento.

Eso explica que la figura de la bruja no tenga ni cortes ni pegamento. Se trata de un cuadrado de 1,70 por 1,70 que ha quedado reducido después de 360 pliegues y 20 capas de papel a una figura de 0,75 por 0,70.

También ha logrado un ciervo con infinidad de pliegues y una figura de los héroes de «La guerra de las galaxias» que es un prodigio de trabajo. Como también es preciso destacar la colección de pendientes hechos con papel y revestidos de varias capas de barniz cerámico.

Aunque siempre se dijo que habían sido los japoneses los inventores de la papiroflexia en el siglo XIV, los estudios del español Vicente Palacios apuntan a que las pajaritas españolas están documentadas en el siglo XIII con motivo de la introducción del papel por los árabes y llevadas luego a Japón por mediación de los jesuitas españoles.

Fernando Luiña asegura que ha encontrado en la papiroflexia un sosiego grande, lo cual complementa con sus clases en el Colegio Ramón de Campoamor de Navia, en el que imparte clase a nueve alumnos una vez a la semana. Y si algo espera actualmente es familiarizarse en la elaboración de figuras con papel húmedo, para lo que carece de práctica suficiente. Sin embargo está hecho a los diagramas rusos, japoneses, franceses, húngaros o italianos, mediante un lenguaje internacional de signos, así puede comprobarse cómo existen signos que piden pliegues de montaña o de valles, aunque la complicación surja cuando es necesario combinarlos. A pesar de que no conoce a nadie al que este trabajo le permita vivir de él, se muestra satisfecho de pertenecer a ese mundo tan especial en el que es necesaria una concentración grande para combinar colores y formas y hacer que las formas modulares encajen entre sí.

Fuente: La Nueva España

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